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"450 años después, siguiendo las huellas de Javier, 1.459
misioneros navarros entregan su vida en el mundo. Hoy como ayer,
Javier, en nombre de Cristo, nos llama al relevo misionero". Así
reza el folleto anunciador de la reciente celebración del 450
aniversario de la muerte de nuestro santo. Y hacemos referencia
a estas frases porque, de nuevo, como cada año en nuestro
caminar cuaresmal, la Iglesia Diocesana nos convoca a la
peregrinación al castillo de Javier, a las Javieradas. Y además,
lo hace queriendo continuar la estela de otra celebración, la
del Domund 2002, que nos invitaba a todos los cristianos a
emprender el relevo misionero. Por eso, el lema de estas
Javieradas 2003: "Evangelizadores como Javier". Un lema que
todos y cada uno de los cristianos navarros estamos llamados a
hacer nuestro, personalmente nuestro... Es el intento de estas
reflexiones. ¿Se trata de una mera frase redonda de anuncio
publicitario? ¿Es una de esas utopías inalcanzables que tantas
veces nos planteamos los cristianos? ¿Puede ser una llamada real
o es un simple espejismo?
Habría que comenzar hablando de Javier. A todos nos es más o
menos conocida su vida entregada al anuncio del evangelio.
evidentemente, no estamos hablando de una utopía o de un
contenido publicitario vacío: Francisco de Javier, en once años
y medio de apostolado misionero (1541-1552), hizo 70.000
kilómetros de viaje en barco (casi dos vueltas a la tierra...
hágase el cálculo sabiendo que que los barcos del tiempo hacían
una media de 90 kilómetros diarios con inmensas
incomodidades...) para anunciar el evangelio a tres continentes:
Europa. en Italia, en la ciudad de Bolonia, antes de partir
hacia el Oriente, Asia, centrando su acción en la India,
siguiendo a Japón y entrando en China; y Oceanía, en las islas
molucas. En todos esos lugares Javier trabajó incansablemente
creando y también organizando pequeñas Iglesias de una fe recia
y constante, bautizando y catequizando niños y adultos,
visitando enfermos...
La vida apostólica de Javier es un auténtico milagro
misionero, una obra de Dios. Y por aquí hemos de continuar... Si
no fuera así, ¿realmente nos podríamos siquiera plantear el ser
misioneros como Javier? Nadie es capaz de tanto si la fuerza de
Dios no está con él. Y con Javier estaba. Desde que dejó allá en
París los caminos de la gloria del mundo, toda su vida se
convirtió en una entrega total a la voluntad de Dios y a la
salvación de los hermanos; todas sus cualidades y todo su empeño
se convirtieron en instrumentos del Amor salvador de Dios. Así,
a partir de un corazón abierto y entregado, Dios pudo realizar
su obra. Javier no fue un superhombre, un ser de otra galaxia;
Javier fue un navarro, un cristiano, un hombre que se encontró
con Jesús y que entregó y confió su vida entera al servicio del
reino de Dios. En definitiva, el mayor milagro de Javier es su
propia vida.
Desde aquí sí que podemos hablar de ser nosotros misioneros
como Javier... La llamada es clara y fuerte. En primer lugar,
porque hay muchos hombres y mujeres en el mundo que todavía no
conocen la Buena noticia del evangelio. Y esto no da igual.
Javier se consumía de celo cuando se daba cuenta del bien tan
grande que suponía para tanta gente el conocimiento de Jesús y
de lo poco que hacían los cristianos para que este regalo de
Dios llegase a más lugares del mundo... ¡cuantas personas hoy
siguen necesitando de la luz del Evangelio para encontrar pleno
sentido a su vida y a sus dificultades, para liberarse de
esquemas sociales, culturales y religiosos que esclavizan la
persona, para vivir en la plena libertad de los hijos de
Dios...! La llamada es clara y fuerte. Pero. y en segundo lugar,
la llamada también nos llega de nuestra propia fe, de nuestra
propia condición de cristianos. No se puede ser cristiano sin
ser evangelizador. Y no es cuestión de opciones o cualidades.
¿Se puede mantener encerrada la experiencia de vida nueva en
Cristo Jesús? ¿pueden no ser la alegría y la libertad de un
cristiano reflejos de luz para los demás? Evidentemente no. Y
así lo vemos en Javier: muchas personas se asombraron y se
convirtieron a Dios desde la llamada que resplandecía en su
vida, en su rostro. Como nos lo recuerda Pablo VI en la
'Evangelii Nuntiandi', esta es la vocación de la Iglesia, la
vocación de todo cristiano: "Evangelizar constituye, en efecto,
la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más
profunda. Ella existe para evangelizar" (EN 14). Si hoy podemos
(¿podemos?) seguir vislumbrando el ser evangelizadores como algo
lejano a nuestra vida, a nuestras comunidades, se nos presenta,
personal y comunitariamente, una pregunta: ¿Vivimos realmente el
Evangelio, la Buena noticia de Jesús? ¿Vivimos la alegría, la
vida nueva, la libertad gloriosa de los hijos de Dios?
Javier nos invita a abrir los oídos y a escuchar la llamada a
la evangelización que grita fuerte desde la humanidad y también
desde la Iglesia. Nos sirve recordar unas preciosas palabras de
Juan Pablo II en la 'Novo Millennio Ineunte': "El Hijo de Dios,
que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza
también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y,
sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros
mismos en instrumentos... El cristo contemplado y amado ahora
nos invita una vez más a ponernos en camino: 'Id pues y haced
discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo' (Mt 28,19). El mandato
misionero nos introduce el el tercer milenio invitándonos a
tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros
tiempos" (NMI 58). Y en este capítulo de la llamada de la
Iglesia a la evangelización, una palabra especialmente dirigida
a los jóvenes. Nos sirven de nuevo, unas palabras del Papa esta
vez en el discurso de acogida a los jóvenes que participaban en
la XVII Jornada Mundial de la Juventud en Toronto (25 julio
2002): "Jóvenes que me escucháis: ¡responded al Señor corazón
recio y generoso! El cuenta con vosotros. No lo olvidéis jamás:
Cristo os necesita para realizar su plan de salvación. Cristo
necesita vuestra juventud y vuestro generoso entusiasmo para que
su anuncio de alegría resuene en el nuevo milenio. Responded a
su llamada poniendo vuestras vidas al servicio de vuestros
hermanos y hermanas. Confiad en Cristo, pues él confía en
vosotros". ¿No suenan estas palabras preciosamente bien teniendo
delante la vida de Javier?
Nos estamos preparando para una nueva peregrinación al
Castillo de Javier. Este año la realizaremos muy al inicio de la
Cuaresma, abriendo así este tiempo de preparación para la
Pascua, para la renovación de nuestra fe, de nuestro bautismo,
de nuestro ser cristianos. ¡Qué hermoso sería que nuestros pies,
conforme se vayan acercando a la casa de nuestro santo patrono,
se fuesen convirtiendo en los pies de mensajeros dispuestos a
anunciar la Buena Noticia de Jesús! Es la invitación que nuestra
Iglesia Diocesana nos Hace: que cada paso hacia Javier sea un
paso decidido de conversión, de fidelidad a nuestra vocación
cristiana, y, por lo tanto. de apertura a nuestra misión
evangelizadora. A cada uno nos tocará un trabajo concreto, aquí
o allá. de un modo concreto, desde una vida concreta. Lo
importante, como en la vida de Javier, no son los logros, sino
el ponernos como instrumentos de evangelización en las manos de
nuestro Dios. Este es el reto joven que Javier nos lanza este
año: misioneros como Javier, porque los hombres y mujeres del
mundo nos llaman a serlo; misioneros como Javier, porque la
Iglesia nos necesita.
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